Santoro y la necesidad de sentir para comprender

Miércoles, Abril 10, 2019

Rodrigo Santoro es brasileño, tiene 43 años y a cuestas lleva alrededor de 70 producciones de cine y televisión. Es una estrella en su país, también es reconocido en Hollywood y para los festivales de cine europeos no es indiferente. Pero a él la fama parece no importarle. Es de comportamiento sencillo, de voz calmada y entabla conversación con facilidad.

A Panamá llegó como invitado del festival de cine 2019, de la mano de Un traductor, película biográfica que narra el viaje de un profesor de literatura rusa de la Universidad de La Habana a quien se le asigna la labor de ser traductor entre los médicos cubanos y los niños que empiezan a llegar de la URSS luego del accidente nuclear de Chernobil (26 de abril de 1986). Una producción que, como él cuenta, “le llegó” apenas leyó el guion. “Yo no estaba planeando trabajar, pero cuando leí el guion la historia me tocó profundamente”, comenta Santoro.

¿Qué nos puede decir de su personaje?

Este hombre, Malin, en la película resiste mucho al principio a vivenciar lo que está pasando, a relacionarse con los niños y después le cambian la vida. A través del afecto, del otro. De acercarse a escuchar y no juzgar de lejos.

Tener una opinión racional de algo es necesario, pero no todas las cosas en la vida se tienen que entender con la cabeza, hay que sentir.

¿Cómo manejó el tema de los idiomas?

Fue un aspecto técnico, porque yo tenía una familiaridad con el español, porque ya había trabajado en películas como Che (2008 ) y Leonera (2008), pero bueno, hacer de cubano es diferente, tuve que trabajar algo muy específico con el acento, y el ruso que te puedo decir, parecía una broma hablar ruso. Hablar ruso en un par de escenas está bien, pero hablar la mitad de la película como un profesor de literatura ruso eso me parecía surreal. Pero el punto es que estaba muy conectado con la historia, y a pesar de que la parte racional me decía: “¡Esto no va a salir bien! ¿Cómo vas a aprender ruso?”, siempre volvía a conectarme con la historia, y me decía: “¡Quiero contar esto y voy a trabajar!”, y así lo hice.

¿Cómo es trabajar con niños?

Ahora que soy papá puedo decir con más prioridad que la interacción con niños siempre es un aprendizaje. Los niños tienen la capacidad de estar en el momento, que es justo lo que buscamos cuando estamos actuando. Pero los adultos tienen tantas cosas en la cabeza, y están siempre pensando en el futuro, en lo que pasó. Para mí, trabajar con niños es una inspiración, estoy siempre buscando estar con ellos, conectarme con ellos, y estar ahí presente en el momento, y así fue también en Un traductor.

En la película, los niños están enfermos. ¿Cómo lo manejó como padre?

Fue muy difícil, porque en ese momento mi esposa estaba embarazada de cinco meses, y estaba ahí conmigo en Cuba. Inevitablemente, cuestionamientos y cosas me pasaron por la cabeza, pero normalmente vuelvo al tema que yo siempre sigo y escucho lo que siento. Creo que la cabeza es una máquina buena para tomar decisiones, pero no es todo. Entonces, me dije: sea lo que sea, el desafío del ruso, el desafío del acento, el cáncer, ¡lo que sea!, ¡que venga!, porque ya estoy en eso, y así fue.

¿Qué mensaje le dejó la película?

Creo que la película esencialmente es una historia sobre la necesidad del afecto, de la importancia del otro. La historia se basa en los años 80, pero creo que es una película más actual que nunca, en un mundo de tanto odio que vivimos. Es una forma también de hablar de algo fundamental y una especie de antídoto de lo que está pasando en el mundo.

¿Cómo escoge sus papeles?

He hecho un par de cosas distintas y es exactamente lo que me atrae: hablar de los mundos distintos. Los personajes me tocan, me conmueven, ya hice un transexual en Carandiru (2013), en Bicho de siete cabezas (2000) es un joven que su papá cree que es un loco. Siempre lo que me guía es cómo me toca, el diálogo interno que establece inmediatamente. Es como una amistad, la relación que tengo con los personajes. Claro que tengo prejuicios, pero una de las razones por las que me gusta trabajar con cosas más polémicas es el hecho de que cuando me acerco al tema, investigo y así puedo comprender y suspender cualquier tipo de prejuicio.

Cualquier ser humano tiene un preconcepto de algo y solo es posible comprenderlos cuando uno vive eso. Es muy fácil hablar del otro de lejos, pero es importante estar ahí y caminar con sus zapatos y vivir, y ahí sí puedes empezar a tener una idea de lo que es. Por eso me encanta tanto este trabajo, porque tengo la sensación de ampliar mi humanidad, que es lo que más me interesa.