PANQUIACO… ES CINE

Enrique Castro Ríos

Panquiaco (Panamá-Portugal 2020, de Ana Elena Tejera) explora la imposibilidad de retornar al origen, siguiendo la nostalgia de Cebaldo Inawinapi, quien busca volver a su nativa Gunayala tras años de auto-exilio en un pueblo de pescadores al norte de Portugal, y sugiriendo su semejanza al mítico Panquiaco, indígena que luego de guiar al conquistador Balboa al Mar del Sur y caer en cuenta que ha abierto Abya Yala entera al saqueo español, se abandona ante la tristeza del océano traicionado.

¿Dónde yace la frontera entre el hecho y el recuerdo, la nostalgia y la presencia, el Mar Océano y el Mar del Sur? ¿Dónde, entre el documental y la ficción? Son apenas dos de las innumerables preguntas que surgen al entregarte al conmovedor poema cinematográfico que es Panquiaco.

Con una profunda belleza visual, aural y oral, cuyo discurso y elementos formales emulan y se entretejen con la cosmovisión de sus protagonistas principales —Cebaldo Inawinapi de León Smith, el sagla[1] Fernando Fernández y la comunidad guna de Usdup interpretándose a sí mismos—, Panquiaco recorre una delicada cinta narrativa de Möbius que nos devuelve tanto al origen como a la imposibilidad de retornar al mismo, para confrontarnos con los reflejos acuáticos entre el pertenecer y el no pertenecer, el recuerdo y el olvido. Tan delicada es esta Möbius que para recuperar la memoria de una infancia que sin embargo añora, Cebaldo debe acercarse a su nacimiento en reversa: a su muerte. 

Como quien teje una mor o mola combinando retazos de documental y de ficción, de cine digital y película de 16mm, de gráficos en pantalla con descascarilladas pinturas en cuadro, de un poema de Fernando Pessoa con ancestrales cantos guna, Ana Elena Tejera y su pequeña banda de cómplices producen una obra íntima pero sobre todo híbrida en el sentido más puro de la palabra. Pues hybrĭda, origen latín de la misma, denota el fruto de opuestos: de un animal salvaje y libre con otro doméstico, y en el caso de Panquiaco, me atrevo a decir, de un mundo indígena con otro europeo, ibérico, luso-español. Un mundo mestizo, que tan a menudo ha perdido el enlace entre su pasado y su memoria, como el Cebaldo proyectado en pantalla. Cebaldo, quien contiene en sí mismo, como todos los seres humanos, a un Panquiaco y a un Balboa. 

 

Ana Elena entiende claramente que lo importante es transmitirnos su historia, no encasillarse en un género.[2] Por ello, si le preguntas si Panquiaco es documental o ficción, te responderá: es cine. Panquiaco es sueño y lucidez, es infancia y vejez, es dulegaya y português, es indígena y es ladino. Y sobre todo es agua: agua del mar océano, agua de baños curativos, agua de nubes y ríos, agua-bruma y agua-nieve en las vidas pasadas de Cebaldo. Agua híbrida como el cine mismo, que mezcla mil artes recientes y antiguas, y es por ende, por esencia y por naturaleza, híbrido. Filmes como Panquiaco nos liberan de las cadenas calcificadas del género en el cine y nos transportan al reino de la memoria y el olvido.

 

Enrique Castro Ríos
enrique@iffpanama.org

 

Panquiaco representa a nuestro istmo-frontera entre los mares en la selecta competencia Bright Future del presente Festival Internacional de Cine de Rotterdam 2020 en los Países Bajos. Panquiaco fue finalizado gracias al IFF Panamá 2019 y su premio Primera Mirada, que ganó como trabajo en proceso. Primera Mirada a su vez es posible gracias al aporte del Banco Interamericano de Desarrollo, BID.

Pronto publicaremos una entrevista con Ana Elena Tejera, Cebaldo Inawignapi y María Isabel Burnes, directora, intérprete y productora, respectivamente, de Panquiaco.

 

[1]  En palabras de Cebaldo, un sagla (pronunciado saila en castellano) es el Poeta Mayor y líder de una comunidad guna. En su caso, Fernando Fernández es sagla de Ogobsucun, comunidad vecina a Usdup en Gunayala central.
[2]  Género en el cine se refiere a si el filme es documental o ficción, categorías a las que a veces se añaden animación y, en raras ocasiones, híbrido.