CAMINAR TIERRA ADENTRO

Enrique Castro Ríos

Tierra adentro (Panamá 2018, de Mauro Colombo) explora visiones paralelas en torno a “la selva”, tanto la selva tangible de flora y fauna exuberantes como la intangible de sus poderes sobrenaturales y de la sabiduría y los prejuicios humanos en torno a ella. Un zoólogo, un auto-proclamado “brujo” indígena, campesinos-ganaderos, migrantes, exploradores-historiadores y una monja construyen de manera coral un enramado contradictorio en torno a la relación del ser humano con la naturaleza, pero sobre todo consigo mismo.

Caminar. Si hay un verbo que encapsula en una palabra el hermoso y para mí devastador filme de Mauro Colombo, Tierra adentro, es caminar. Pero no el mundano alternar un pie frente al otro para cambiar de ubicación. Hablo de un caminar más profundo, caminar como proceso meditativo, como búsqueda interior de nuestro lugar en el universo, el caminar que nos ha llevado evolutiva, cognitiva y espiritualmente de las ramas de los mermantes árboles del Cuerno de África doscientos mil años atrás a recorrer y habitar el resto de aquel maravilloso continente, primero, y de allí Eurasia, Oceanía, América...

Caminar como proceso de habitar y experimentar el camino, en el sentido ético-místico del Tao chino, del Do coreano-japonés, para intuir y ponderar los misterios de la Vida y transformarse, es ese el caminar al que me refiero en relación a Tierra adentro.

Mauro Colombo —Mauro caminante— nos presenta a lås[1] participantes de su Tierra adentro caminando, y cuando no, reflexionando sobre el camino abierto —léase, creado— y viajado. Este último es el caso de migrantes de Cuba, Ghana y el Congo recién salidås de Tapón del Darién, escenario de Tierra adentro, como quien sale eufóricamente ileså de una ruleta rusa que no esperaba sobrevivir del todo. Este Tapón del Darién, tan mítico como incomprendido, es también el camino que un conservacionista recorre tras las huellas espectrales del jaguar; el sendero casi invisible por el que una tropa de exploradores marcha en busca de las ruinas de una mina decimonónica, hoy devorada por la selva: la trocha por la que campesinos-ganaderos arrastran ramajes en llamas para incendiar la montaña recién tumbada; la cárcava que transita un ambientalista afro-darienita amenazado de muerte por enfrentar la destrucción del bosque; el sendero que un herbalista emberá deambula mientras dialoga con las plantas que debe recortar para sanar a una niña; y la vía misionera de una hermana Maryknoll que todavía recuerda a las cuatro compañeras que perdió, cuarenta años atrás, en manos de la Guardia Nacional de El Salvador.

Todås estås caminantes nos llevan a la verdadera e indiscutible protagonista de Tierra adentro, la selva. Cual macro-organismo para quien los humanos que la recorren son poco más que pensamientos, emociones o, en el peor de los casos, tumores malignos pero temporales, es la selva, el bosque, la jungla, quien parece tener la última palabra en Tierra adentro

 

A manera de coda, aclaro mi uso del adjetivo “devastador” en el segundo párrafo de este escrito. Como generación maldita que creció durante la apertura de la carretera al Darién, escuché muchas historias de la devastación de la selva facilitada por dicha carretera. Aún así, aún con los incendios de Suecia, Siberia, Brasil y Australia frescos en mi memoria, ver al bosque arder en Panamá me parece siempre devastador.

 

Enrique Castro Ríos
enrique@iffpanama.org

 

Pronto publicaremos una larga pero fascinante conversación con Mauro Colombo, director, fotógrafo-guionista y montajista-alquimista de Tierra adentro, en la que Mauro reflexiona sobre el caminar, el Darién, la alquimia, su íntimo proceso de realización para este filme y la influencia del psiquiatra y psicoanalista suizo Carl Gustav Jung, vecino alpino de Mauro, en su trabajo.

 
[1]  En esta torpe búsqueda por un idioma inclusivo, en la que la tan de moda “x” me suena visualmente a error y censura, propongo por ahora la “o” noruega, que se escribe “å”.